TENÍA QUE SER AQUELLA NOCHE

Hay historias que empiezan en una oficina.
Otras en una cafetería o en el tren.

La nuestra empezó una noche en la nevaba.

Cada uno iba con su grupo de amig@s.
Cada uno con su plan.
Con su vida.

Hasta que pasó.

Nos miramos.
Hablamos.
Y por primera vez estábamos frente el uno al otro.

Lo curioso es que llevábamos 23 años viviendo a menos de 50 metros.

A unos pasos.

Y aun así… aquella noche fue la primera vez.

La primera conversación.
La primera mirada.
La primera sonrisa.

Y también la primera noche en la que, al llegar a casa, seguimos hablando por WhatsApp hasta no sé qué hora.

Había algo.

Los dos lo sabíamos.

Aunque Ernesto, si te soy sincera, tenía miedo.

Había vivido momentos difíciles.
De esos que te hacen ir con cuidado.
Que te hacen pensar dos veces antes de volver a abrir ciertas puertas.

Lo que no sabía es que, estaba a punto de empezar la mejor historia de su vida o mejor dicho, la mejor historia de nuestras vidas.

Ese mismo año, Ernesto tenía preparado hacer el Camino de Santiago solo.

Quería perderse un poco.

Pensar.

Respirar.

Pero ese viaje nunca llegó.

Porque acabó convirtiéndose en nuestro primer viaje juntos.

Granada.

Todavía hoy recordamos cada rincón, cada paseo, cada desayuno, cada conversación.

Desde entonces hemos intentado volver cada año.
Al mismo hotel.
A la habitación 105.
En la misma época.

Como quien vuelve al lugar donde todo empezó.

Aunque la verdad es que viajar se convirtió en algo mucho más grande para nosotros.

Kilómetros.
Aeropuertos.
Maletas.

Y cientos de recuerdos que nos han ayudado a conocernos mejor.

A entendernos.

A querernos más.

Hasta que llegó Lanzarote.

Playa de Famara.

Atardecer.

Un picnic preparado con cariño.

Y Ernesto… que llevaba días “paseando” por la playa en Google Maps para encontrar el lugar perfecto.

Dónde caía el sol.
Dónde poner la manta.
Dónde hacer que ese momento fuera inolvidable.

Todo pensado.

Todo medido.

Hasta que llegamos… y había cientos de surferos entrando, saliendo, riendo, viviendo su vida.

Nada de película.

Nada de silencio.

Nada perfecto.

Y aun así…

En un momento desapareció todo.

Solo se escuchaba el mar.
Las olas rompiendo.
El agua en los pies.
El sol cayendo justo en el horizonte.

Y ahí pasó.

Mágico.

Como tenía que pasar.

Y desde entonces… no hemos parado.

2Lumière.
Nuestra casa.
Nuestra boda.

Y, aunque parezca mentira…

Todavía hay momentos en los que miramos nuestra mano y pensamos:

“Joder… que esto es verdad.”

Porque ese anillo no es oro.

Ni una piedra.

Ni una fecha.

Ese anillo son kilómetros.
Son aeropuertos.
Son noches de taller.
Son discusiones tontas.
Son reconciliaciones.
Son planes que salieron bien… y otros no tanto.

Ese anillo…

no representa una promesa.

Representa todo lo que ya hemos cumplido.

Y la certeza de que hoy…

es el primer día del resto de nuestra vida.

Por eso hemos creado esta vela.

Una vela única. Posiblemente irrepetible.

220 unidades.

110 hablando de Ana. en tono nude, lazo verde y aroma de limón, frambuesa y bergamota.

110 hablando de Ernesto, en verde, cinta de gasa y aroma de bergamota, ámbar y maderas cálidas.

Ambas con mecha de madera.

Un pequeño icono de 2Lumière.

La marca que estamos haciendo crecer y que, sin saberlo, también nos ha hecho crecer a nosotros.

Gracias a tod@s por acompañarnos.

Gracias por formar parte de este día.

Nos vemos, en el recuerdo del aroma de esta vela.

 

Cuidado y Uso de la Vela

Para disfrutar plenamente de estas velas:

  1. Primera quema: Asegúrate de que la primera vez que enciendas la vela, la cera se funda completamente hasta los bordes del tarro. Esto evitará el efecto túnel y permitirá que la vela se queme de manera uniforme en el futuro.
  2. Duración: Deja la vela encendida al menos 2-3 horas en cada uso.
  3. Mecha de madera: Antes de encenderla, corta la mecha ligeramente para que tenga un tamaño aproximadamente de 5 mm o elimina de la mecha si no es la primera vez que la enciendes los restos quemados. Esto garantiza una llama óptima.
  4. Disfruta del momento: Una vez encendida, disfruta y relájate.

Cuando la vela termine, ¡recuerda! El tarro puede tener una segunda vida, ya sea como recipiente decorativo o como un nuevo hogar para otra vela. Porque los detalles bien cuidados siempre perduran.